El traductor jurado: mitos, realidad y límites legales – 2ª parte

Presentación, calidad y precisión descriptiva:

Retomo el hilo de mis escarceos ‘profesiomentales’, para lo cual recurro al abrevadero de recuerdos de mis casi 27 años poniendo sellos en traducciones juradas. Empecé en mayo de 1984, sin ordenadores, sin móvil, sin Internet, sin Nintendo… el neolítico de la traducción, vaya. Mis canas son testimonio irrefutable de ello.

Hablo de mis inicios, pues en aquella época desprovista de recursos electrónicos me tuve que buscar la vida como pude. Si existía un reglamento para traductores jurados, desconocía su existencia. Así que recurrí, como todos, al asesoramiento de alguien con algo de solera en el tema. El mentor al que recurrí en aquella época falleció hace ya varios años, por lo que os podéis imaginar que, si yo estaba en el neolítico de la traducción, mi mentor moraba en el paleolítico. Copié su sistema y mis traducciones se asemejaban a esos textos napoleónicos bajo las vitrinas de los museos: perforaba dos agujeros en las hojas mecanografiadas y llenas de Tippex (no me extrañaría que algunos jóvenes traductores, como mi socia, desconozcan la existencia de este obsoleto artilugio decimonónico), pasaba una hermosa cinta roja por los agujeros, hacía un nudo y…. ¡fundía lacre sobre la cinta, estampando un sello de hierro con mis iniciales! Hoy me avergüenzo un poco, sinceramente, de tanta rimbombancia, pero eso sí: me quedaban preciosas.

De hecho, la presentación es lo de menos. Pronto podremos, seguramente, emitir traducciones juradas por correo electrónico, con la firma digital. Mientras tanto, seguimos imprimiendo y poniendo el sello que establece ahora el reglamento y que tanto hace chirriar los dientes a alguna que otra empresa de traducción intermediaria, pues estamos obligados a hacer constar en él el nombre, la dirección, los idiomas y el teléfono. Hace muy poco, cuatro días, por así decirlo, que se ha modificado nuestra denominación, pues hasta ahora sólo éramos intérpretes jurados. Ahora, al fin, también somos traductores jurados. Y durante mucho tiempo, muchos traductores jurados utilizaban la expresión de “Traductor Oficial e Intérprete Jurado” en sus sellos. Pero no es así, no podemos autodenominarnos “oficiales”, pues el traductor oficial es un funcionario de la Oficina de Interpretación de Lenguas del Ministerio de Asuntos Exteriores, y no es lo mismo que un traductor jurado.

El reglamento no obliga prácticamente a nada: no hace falta grapar el original a la traducción, pero casi todos lo hacemos y sellamos el dorso de las páginas de nuestro original (que puede ser un simple PDF), pues es la única manera de mostrar el documento al que nos hemos referido. Más de una vez puede suceder, que se nos entregue un original para traducir que, sin que lo podamos saber, ha sido modificado. Luego el cliente entrega el original auténtico e igual “cuela”. Basta con añadir un cerito a una cifra para hacer que alguien pague mucho más si sólo se miran la traducción (sobre todo si el original está en sueco o polaco). Eso sí, diplomas y documentos oficiales siempre fotocopiados para su sellado. Dejemos que los títulos queden incólumes y el dueño los pueda volver a colgar en su sitio (el cuarto de baño, por ejemplo).

Hablemos un poco sobre la calidad:

Ya se sabe que una traducción jurada es más cara que una traducción normal. En algunos países (como Alemania, por remitirme al caso que conozco) no se cobra apenas nada más, sólo un simple pequeño recargo. Pero es que en cada país, la figura del traductor jurado es distinta. Aquí mismo, en España, durante un tiempo han podido obtener el título de traductor jurado los licenciados en traducción que cursaron una asignatura de traducción jurídica. El Ministerio acaba de cambiar de opinión y tras los consabidos plazos de transición volverán a titular sólo a los que pasen por el examen del ministerio. No quiero con ello desprestigiar a gente que pueda ser excelente sin haber pasado por el examen de Madrid, pero se creó un agravio comparativo y se desprestigió un poco la imagen del traductor jurado. En todos los países en que existe esta imagen, que yo sepa, hay que pasar al menos un examen especial para ello.

La calidad de la traducción jurada debe ser excelente, como es natural. Pero es que cualquier traducción debe ser excelente. Las diferencias no deben estar en la calidad, sino en la forma, y esta forma es la que explicaré en el siguiente apartado sobre la precisión descriptiva. No se puede permitir que una traducción normal contenga fallos sólo porque no es jurada. Y es con esta filosofía con la que en otros países se considera que una traducción jurada no tiene por qué ser mucho más cara que una traducción normal. Pero bueno, me alegro de que en España sigan pagándose mucho más caras, ¡qué carajo!. J

Así que pasamos a hablar de la precisión descriptiva:

He visto traducciones juradas en cuyo original, por ser antiguo y que igual ha estado grapado varias veces y que se ha quedado demasiado cerca de una taza de café, hay determinados rastros de historial no traductil, que en el fondo no vienen al caso, pero que el traductor reproduce fiel y literalmente: “documento original con marcas de grapas en la esquina superior izquierda, redondel de taza con probables rastros de café en el centro, varias manchitas en el margen derecho, probablemente de cagaditas de mosca o puntas de lapicero, papel algo amarillento y huella dactilar sospechosa de contener chorizo en borde inferior de la hoja”. Exagero, evidentemente (qué haríamos sin una gota de humor e ironía), pero es que todas estas chorradas las puede ver el destinatario si se mira un momento el original, pero que no tienen importancia alguna. Lo que sí que hay que hacer constar es si vemos alguna corrección en el texto que parece ocultada (un tippex pleistocénico, por ejemplo).

Y finalmente, la diferencia entre una traducción normal y una jurada estará en la precisión descriptiva del contenido escrito. En una traducción normal no hace falta reproducir todo el contenido de una carta (me refiero a los membretes y pies impresos con cuentas corrientes, instrucciones de cómo llegar en metro a un juzgado, etc.), mientras que en la traducción jurada, teóricamente, sí que hay que reproducirlo. Sin embargo, tras mil años de profesión, prefiero en estos casos hacer una mención especial a estas partes impresas y ahorrármelas con una simple nota “siguen al pie direcciones postales, horarios de atención al público y recomendación sobre transportes públicos para llegar a los juzgados”. Y va que chuta, oyes, pues en 27 años jurando traducciones no he tenido ni una sola reclamación por ello. Otra importantísima diferencia es con nombres propios, por ejemplo. Es típico encontrar que un juzgado alemán escribe mal un nombre propio. En una traducción normal igual lo escribimos bien cuando es evidente (Martínez, en lugar de Martinez). Pero en la traducción jurada recomiendo escribir mal (no adrede, sino siguiendo el original) todos los nombres propios, las ciudades, las fechas,… y reproducir estas cosas exactamente como están en el original, pues a lo mejor es precisamente por ello que piden una traducción jurada y necesitan reclamar por haberse escrito mal un nombre o una dirección. Hace poco traduje un texto en el que aparecía la población de Mataró de 5 formas distintas (Marato, Morato, Matora, Motaro,…). Las reproduje en las 5 formas distintas a pesar de saber a ciencia cierta de que se trataba de Mataró, así que, ajo y agua, muchachos.

Resumen: caca de mosca NO, nombre mal escrito SÍ. (Y lo corto que me habría quedado así este blog,… pero hay que rellenar líneas para decorar vuestro aburrimiento).

Muy pronto: El traductor jurado: mitos, realidad y límites legales – 3ª parte – Confidencialidad, tarifas y copias.
Por Miguel Núñez

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