El traductor jurado: mitos, realidad y límites legales – 1ª parte

Introducción:

Desde la más remota antigüedad, siempre ha habido personas que han actuado como fedatarios. El fedatario es el que literalmente “da fe” de un acto. Los fedatarios que hoy más conocemos son los notarios, que dan fe de la autenticidad de una transacción como es, por ejemplo, un contrato de compraventa, del cual se redacta una escritura pública y cuyo original queda en poder de dicho notario. Pero hay muchos más fedatarios y los encontramos en cualquier profesión. Son aquellas personas que han sido nombradas o autorizadas como tales para dar fe de la validez de un determinado documento (jueces, médicos forenses, agentes de aduanas, auditores, etc.). El otorgamiento de tales poderes fedatarios se basa normalmente en una comprobación de los conocimientos especializados (ya que no cualquiera puede ser investido de tales facultades) y en un juramento, a veces explícito y a veces implícito en el mismo nombramiento.

El traductor jurado (o la traductora jurada, entiéndase el femenino implícito de aquí en adelante) es un profesional de la traducción que de una forma u otra (normalmente examen en el Ministerio de Asuntos Exteriores) ha demostrado el dominio de una determinada lengua extranjera en el ámbito jurídico. Superado el examen, el traductor jurado queda registrado en la Oficina de Interpretación de Lenguas del Ministerio de Asuntos Exteriores y puede actuar en todo el territorio nacional. Su función es suministrar traducciones por él selladas, en las que declara que se trata de una traducción fiel y completa del original al que se ha remitido.

Qué certifica un traductor jurado, cómo y por qué

Veamos primero el qué certifica:

Desde hace tiempo se debate a veces en ciertos círculos la supuesta “ineludible obligatoriedad” de pasar por un traductor jurado o la supuesta “santa validez” de una traducción jurada. Tras 27 años como traductor jurado me he encontrado con muchos clientes que me pedían que mi traducción fuera un documento válido, ya que el original no lo era. En estos casos he tenido que dejar bien claro algo muy simple: “Mi traducción jurada será totalmente válida como tal, dirá exactamente lo que dice el original, y será reconocida en toda España como traducción jurada. Pero yo no sé, ni puedo saber, ni es mi cometido averiguar, si el original que se me entrega es válido, si es admisible, si está caducado, si es insuficiente o incluso si es falso”. Para la convalidación de un título universitario, por ejemplo, puedo hacer una traducción maravillosa y perfecta y nadie pondrá en duda su excelencia. Pero si lo que dice mi traducción, que no es más que lo que dice el original pero de forma comprensible para un español sin conocimiento de lenguas, es que la información contenida es insuficiente para la convalidación, yo ya no puedo hacer más. El traductor jurado se limita a trasladar de forma fehaciente lo que se dice en el original a la lengua española. La validez de la traducción no está en entredicho si se rechaza la validez del original. Me he encontrado con clientes que me piden que “le ponga muchos sellos a la traducción a ver si cuela el original, al que le faltan sellos”. Un documento internacional sin la Apostilla de la Haya, si es necesaria, no tendrá validez por muchos sellos, lacres, precintos y floripondios que le ponga yo a mi traducción.

Respecto a la pregunta del cómo:

La certificación que se estampa al final de las traducciones juradas viene fijada por el reglamento para traductores jurados y dice así: “Don/doña….., Traductor(a) Jurado(a) del idioma …. certifica que la que antecede es traducción fiel y completa al castellano de un documento redactado en …  En (localidad), a (fecha). Firma y sello:”

Vemos que en dicha certificación no se dice nada de que la traducción haya sido hecha por el mismo traductor jurado. Aquí nos encontramos con uno de los temas frecuentemente debatidos: Al igual que un notario no redacta personalmente todas las escrituras, sino que lo hacen abogados, pasantes, oficiales de notaría, etc., el traductor jurado no tiene por qué ser el autor mismo de la traducción. El traductor jurado da fe, lo que significa que puede limitarse a repasar, revisar y corregir una traducción ya hecha para certificarla como “fiel y completa”. Al igual que un médico forense no tiene que matar a una persona para poder hacerle la autopsia y certificar las causas de su muerte, un traductor no tiene por qué hacer la traducción personalmente (perdón por la exagerada comparación).

Otro tema que debe mencionarse es el de las copias, o a quién pertenece la traducción. Es evidente que la traducción jurada de una escritura, aparte de los posibles y discutibles derechos de traducción, pertenece al propietario del original. El cliente puede pedir copias por correo, o incluso escaneadas, o incluso sin sellar para leérsela antes. No podemos negarnos. Forma parte del proceso. Sabemos que sólo una tendrá validez: la versión impresa, sellada y firmada por el traductor. Cualquier fotocopia o escaneado en PDF tendrá la validez que el destinatario le quiera dar. No se la vamos a dar nosotros, no es nuestro cometido, ni nos tiene que preocupar. (Total, el cliente puede dedicarse a fotocopiar luego cien veces nuestra traducción y ni nos enteramos). Hay traductores jurados que desconocen estos aspectos y se niegan a entregar el Word por adelantado, o a enviar la traducción escaneada, asesorando así mal al cliente. Hasta lo notarios hoy en día te envían las escrituras por email para que te las vayas leyendo (mientras no estén selladas, no valen).

Y finalmente el por qué:

El traductor jurado debe sellar la traducción cuando la ley así lo exija para su validez, o quizás sólo porque el cliente prefiere tener una traducción jurada y así estar seguro de que no hay fallos (lo cual tampoco puede asegurarse nunca,… pero no trato este tema hoy). Y viceversa, no siempre se requiere una traducción jurada aunque la ley así lo exija, pues tampoco hay traductores jurados en España para absolutamente todos los idiomas del mundo. Cuando no hay más remedio, se exime de esa necesidad.

Hay veces en que se pide una traducción jurada sin que ésta vaya destinada a un organismo oficial. Se pide porque se prefiere la actuación de un traductor jurado, supuestamente más experto y neutral. Y a veces, simplemente se desea que alguien se haga responsable de una determinada traducción, quizás por el elevado importe que conlleva realizarla o para demostrar a un tercero que no la hizo un amiguete, sino un profesional. Y aquí menciono el último tema de esta publicación: cualquier persona puede “prestar un juramento”. Todo el mundo debe jurar decir la verdad en un juicio, por ejemplo. Todo el mundo puede incluir una nota en la que declare que “a su leal saber y entender, la traducción es completa y fiel”. Dependerá siempre del cliente, si se conforma o no con ella. El Registro Civil, por ejemplo, no la aceptará. Un particular probablemente sí.

Los traductores jurados no somos más que fedatarios, no somos santos, ni hacemos milagros; éstos últimos son responsabilidad del cliente junto con el pago de nuestra factura.

El traductor jurado: mitos, realidad y límites legales – 2ª parte – el mes que viene…

Miguel Núñez Ferrer

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: